La vida, el destino, el karma o llámalo como quieras puede darte lecciones que pueden ser muy dolorosas, puedes cometer errores, tomar decisiones equivocadas o que simplemente dañes a más gente sin darte cuenta, pero lo importante es aprender la lección y en el futuro no volver a cometer esos errores… podemos sufrir, pero al menos, suframos bien, porque después de tanto dolor, el destino te puede dar un regalo… ¡cielos... tengo un regalo! Tú eres mi regalo, ese regalo que no había que salir a buscarlo, sino que sólo había que mirar hacia un lado y ver que ahí estaba (y siempre estuvo ahí)... ahí estabas tú: ese alguien dispuesto a regalarme una sonrisa en los días tristes, que me puede regalar horas y horas de compañía, y que puedes destruir esa coraza impenetrable que oculta al corazón triste con un simple beso. Tú, que sin ser una heroína de historietas, puedes darme un abrazo y hacerme sentir que “conmigo no te pasará nada”.
Las penas del pasado se olvidan y se convierten en pequeños momentos de felicidad del presente… nuestro presente, momentos de plenitud donde el “verdadero yo” aparece sin miedos y está dispuesto a darte lo mejor de él a cambio de una risa tuya.
Encontré el momento preciso para abrir los ojos y sepultar el pasado. Pero aún no sé en qué momento encontré algo en tus ojos que me hizo sentir que podrías ser el mundo para mí y solo para mí.
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